En
Mateo 22:37 se lee esta máxima: "amaras al señor tu Dios con todo tu
corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Muchas personas
dicen: "Yo amo al Señor”; pero ¿Qué quiere decir amar a Dios de
verdad?
Amar
al Señor es presentarse a Dios.
En romanos
12:1 leemos: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de
Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a
Dios, que es vuestro culto racional”. La presentación de nuestros
cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable es la entrega total al servicio
de Dios. Es un compromiso tal como hace el novio y la novia en las bodas de
matrimonio. Dios no nos pide un sacrificio muerto sino nuestra vida porque
somos muertos al pecado pero vivos para Dios. El creyente dedicado usa su boca
para hablar del Señor, sus manos para servir en la obra y sus pies para ir a
predicar el mensaje del evangelio.
Amar
al Señor es someterse a Dios.
Santiago
4:7 dice: "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de
vosotros”. La sumisión a la voluntad de Dios incluye la sumisión de la
mente, la voluntad y las emociones. Es lo que lleva a uno a la obediencia
total. Podemos decir con Cristo: "pero no sea como yo quiero, sino
como tú” (Mateo 26:39). Debemos someter todas nuestras prioridades,
nuestros deseos y planes a la voluntad de Dios. Si Dios nos ha salvado, en
misericordia y compasión, debemos procurar inteligentemente conocer su voluntad
para nuestra vida y vivir conforme a ella cada día.
Amar
al Señor es seguir a Dios.
Mateo
16:24 narra: "Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. El
negarse a sí mismo es parte del proceso de sometimiento a la voluntad de Dios.
Es la abnegación total de nuestros derechos personales, es la muerte del ego y
es poner a Cristo en primer lugar en la vida. "Tomar la cruz de Cristo” es
negarse a gustos personales por amor y obediencia a Cristo, vivir
específicamente para Cristo porque El es nuestro Señor y darle el trono de
nuestro corazón a Jesucristo.
Bienaventurados
los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. (Mat. 5:3) el
pobre en espíritu es
aquel que ha entregado su cuerpo, su voluntad, sus deseos y sus posesiones a
Dios y por la fe ha dado a Cristo la preeminencia en su vida. Esta es una
actitud de absoluta y sencilla humildad. Esta es la condición indispensable
para recibir la salvación, crecer espiritualmente y llevar fruto cristiano.
|